La música barroca como discurso retórico de afectos

Para Cicerón, “el buen orador es el que tiene la habilidad de mover los afectos de quien lo escucha”. Un buen discurso, debe ser “agradable, instructivo y conmover al oyente: delectare, docere y movere[1].

Así, paralelamente a la elaboración de una teoría de retórica musical, fue creada y muy desarrollada en el barroco, una teorización de los Afectos o Pasiones del alma.

Fueron publicados varios tratados teóricos generales buscando definiciones y sistematizaciones racionales de los afectos, destacándose de entre ellos el Tratado de René Descartes, Les Passions de l’âme, publicado en 1649.

El objetivo y función de la música es así, como escribe Giulio Caccini en el prefacio a su colección Le Nuove Musiche, publicada en 1601, “mover los afectos del alma”. Y para Geminiani[2]: “la intención de la música no es solamente dar placer al oído, es también expresar sentimientos, despertar la imaginación, tocar la mente y comandar las pasiones”.

Los tratadistas musicales como Quantz, Werckmeister, Matheson, y varios otros dedicaron grandes secciones de sus tratados a categorizar y describir tipos de afectos, relacionándolos con las escojas de tonalidades, articulación, movimientos de danza, de colores instrumentales, melodías, etc. Una tonalidad mayor, por ejemplo, servia para expresar alegría y sentimientos nobles en cuanto una menor era más apropiada a un sentimiento de tristeza, melancolía o ternura.[3]

Una vez más, depende tanto del compositor como del intérprete realizar el objetivo que se propone la música: mover los afectos de los oyentes.

Y, como refiere Carl Philip Emmanuel Bach, “un músico no puede conmover a los demás a menos que él también este conmovido. Necesariamente debe sentir todos los afectos que desea despertar en el oyente”[4].

 


[1] ibidem

[2] cit. por Colin Lawson y  Robin Stowell en The Historical Performance of Music – An Introduction, p.28

[3] Historical Performance, An Introduction, p. 30

[4] Ibidem, p.47